Precaria tregua entre Trump y Xi Jinping en Busan

Washington y Pekín pactan un alto en la guerra comercial, pero la rivalidad estratégica persiste. La cumbre de Busan muestra que ni el águila ni el dragón pueden imponerse sin riesgo de crisis global.

Los jefes de las dos principales potencias del planeta, Donald Trump y Xi Jinping, sellaron en Busan una tregua comercial de un año tras una reunión de una hora y media, celebrada el 30 de octubre en Corea del Sur.

La llamada “guerra comercial” no es un episodio aislado, sino la expresión de la disputa por la hegemonía mundial entre el imperialismo estadounidense y el socialimperialismo chino. Juntos concentran cerca del 47 % del PIB global y de la producción manufacturera, y su comercio bilateral superó en 2024 los 582 mil millones de dólares, con un flujo de bienes estratégicos, tierras raras y manufacturas fundamentales para ambas economías. Esta magnitud explica por qué cualquier tensión entre ambos tiene impacto inmediato en la economía mundial.

Trump calificó el encuentro como “doce puntos sobre diez”, mientras el gobierno chino habló de “socios y amigos” que deben “gestionar sus diferencias”. Detrás de estas fórmulas diplomáticas, ambos líderes dejaron ver lo que realmente buscan: una pausa táctica para reorganizar sus fuerzas antes del próximo choque.

Aranceles, soja y tierras raras: los puntos del pacto

El acuerdo se reduce a pocos puntos concretos: Washington recortará parcialmente los aranceles sobre productos chinos del 57% al 47%; Pekín suspenderá por un año las restricciones a la exportación de tierras raras; se retomarán las compras de soja estadounidense y se coordinarán medidas conjuntas para controlar los precursores del fentanilo. Para evitar chispazos, ambas partes evitaron mencionar la cuestión de Taiwán.

Pero el núcleo más sensible de la disputa sigue siendo el tecnológico. Aunque no se habló abiertamente de semiconductores, la sombra de la inteligencia artificial y del control de los flujos digitales atravesó toda la reunión. China busca reducir su dependencia de los chips occidentales, mientras Estados Unidos intenta conservar su primacía en los sectores de punta. En ese terreno no hay tregua posible: solo una carrera acelerada.

Son acuerdos pragmáticos, sin épica, pero con una fuerte carga simbólica: el reconocimiento implícito de que, por ahora, ninguna de las dos potencias puede doblegar a la otra. La posibilidad de que la guerra comercial derive en una crisis económica global, capaz de reconfigurar el tablero mundial, forzó un acuerdo temporal, más por necesidad que por convicción.

Estados Unidos: inflación, presión interna y despliegue global

Washington busca con el acuerdo aliviar la presión inflacionaria, estabilizar sus cadenas de suministro y ganar oxígeno político interno. El presidente Trump acaba de encabezar en Quantico una reunión con más de 800 generales y almirantes, donde presentó los lineamientos de la nueva Doctrina de Seguridad Nacional y procuró alinear al alto mando militar detrás de su estrategia global.

Estados Unidos, que sigue siendo la principal superpotencia política, económica y militar del planeta, impuso hace pocos días una frágil tregua en Medio Oriente tras atacar a Irán y amenaza cada vez con mayor insistencia “intervenir” en Venezuela.

Al mismo tiempo, no ha logrado cumplir su objetivo de “poner fin” a la guerra en Ucrania ni reducir la confrontación con Rusia. Busca agrietar la alianza de Moscú con Pekín, pero enfrenta fuertes fricciones con Europa y un desgaste político interno cada vez más evidente. Las dificultades económicas y las luchas populares contra la política racista y fascista de Trump erosionan su base de apoyo y profundizan las contradicciones en el seno de la burguesía monopolista yanqui.

China: crecimiento, militarización y alianzas

Pekín necesita sostener sus exportaciones hacia Estados Unidos, en especial de tierras raras y manufacturas, para evitar un cimbronazo económico que ponga en riesgo sus planes de crecimiento y estabilidad interna. 

Requiere ganar tiempo en su preparación militar ante una eventual confrontación abierta con Washington, al mismo tiempo que refuerza sus cadenas de suministro y acelera el desarrollo tecnológico. 

En esa dirección, fortalece de manera sostenida sus Fuerzas Armadas y consolida alianzas políticas y económicas a través de los BRICS, la Organización de Cooperación de Shanghái y otros mecanismos regionales. Cada paso apunta a reducir su dependencia del sistema político y financiero dominado por Estados Unidos y a posicionarse como polo alternativo en la disputa por la hegemonía mundial.

De la tregua comercial a la confrontación estratégica

Horas antes de la cumbre de Busan, el presidente Trump anunció la reanudación de las pruebas nucleares, las primeras desde 1992.

El mensaje fue inequívoco: Estados Unidos puede sentarse a negociar con China, pero no renuncia a su músculo militar ni a su supremacía estratégica. Pekín respondió con su habitual prudencia diplomática, apelando al “respeto de la moratoria internacional” y reafirmando su discurso centrado en la estabilidad y el desarrollo.

La aparente tregua comercial se superpone, así, con un lenguaje geopolítico que sigue siendo de confrontación abierta.

América Latina, terreno de disputa

América Latina, espectadora forzada de esta confrontación global, no es ajena a sus consecuencias. Las tierras raras, las rutas de exportación, el precio de la soja y las inversiones tecnológicas se han convertido en variables decisivas para el subcontinente.

Si China relaja sus restricciones, se intensificará la competencia por el control de los recursos estratégicos en nuestros países dependientes y oprimidos. A su vez, Trump buscará reforzar la presión política y militar sobre lo que considera su “patio trasero”, con nuevas amenazas hacia Venezuela y Colombia.

Para ambas potencias, la región debe seguir cumpliendo el papel de proveedora de materias primas, sin margen real de soberanía ni de desarrollo propio.

Busan: una pausa antes del próximo asalto

La cumbre de Busan condensa el estado actual de la principal contradicción interimperialista, sin la cual resulta imposible comprender los procesos políticos, económicos y militares en curso. La reunión entre Trump y Xi no inaugura una “paz duradera”, sino una pausa precaria: una tregua entre águilas y dragones en la que ambos buscan ganar tiempo, por razones distintas, antes del próximo asalto.

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