Una tregua favorable a Irán que no disipa la tormenta

Tras 39 días de enfrentamientos y un saldo que supera los 4.000 muertos, decenas de miles de heridos y más de un millón de desplazados, Estados Unidos e Irán acordaron un alto el fuego de dos semanas. El impacto en la economía mundial por la crisis energética que provocó el bloqueo del estrecho de Ormuz, el creciente aislamiento de Donald Trump y la tenaz resistencia iraní forzaron un cese de hostilidades extremadamente frágil.

La frágil e inestable tregua acordada entre Estados Unidos e Irán, con la mediación del gobierno de Pakistán, y el inicio de conversaciones de paz desde el próximo 10 de abril en Islamabad, representa una victoria parcial del país islámico que logró resistir casi 6 semanas de ataques de la principal potencia militar. 

El presidente estadounidense, Donald Trump, anunció el acuerdo sobre la base de “10 puntos propuestos por Irán” que consideró “una base viable”. Pocas horas antes había amenazado con hacer desaparecer “una civilización entera para siempre”. Irán, a través del ministro de relaciones exteriores, Abbas Araghchi, y de la Guardia Revolucionaria Islámica, confirmó el pacto haciendo público los 10 puntos que proponen para avanzar en una “paz duradera”. Luego, el primer ministro de Israel, Benjamin Netanyahu, anunció su adhesión, aunque con reparos que prometen generar nuevos conflictos.

El acuerdo se da bajo una creciente presión, interna y externa, sobre los gobiernos de Estados Unidos e Israel. El fin de semana pasado enormes protestas conmovieron Estados Unidos y recientemente volvieron a ser masivas las manifestaciones en Israel contra la guerra. A la movilización popular en las calles estadounidenses se sumó una fractura expuesta en el propio “establishment” de Washington.

La amenaza de Trump encendió alarmas no solo en la oposición, sino en el Pentágono y en sectores clave de su propio partido. Una parte importante de la élite militar y económica advirtió sobre las consecuencias inmanejables de desatar un “ataque sin precedentes” en Medio Oriente, dejando al presidente aislado. Potencias que son miembros de la OTAN, como Francia, Inglaterra e Italia, fueron tomando distancia de la aventura bélica y evitaron participar de forma directa.

Entre las voces que se alzaron pidiendo por un acuerdo de paz, se destacó la del papa León XIV, quien calificó de “verdaderamente inaceptable” la amenaza de Trump contra todo el pueblo iraní, advirtió que los ataques contra infraestructura civil “van contra el derecho internacional” y reclamó:”Vuelvan a la mesa. Busquen soluciones de manera pacífica”. 

En ese contexto es que Trump aceptó suspender una ofensiva que prometía arrasar con infraestructura energética y civil iraní, y que incluso se especuló con el uso de “armas tácticas”, el eufemismo con el que se denominan las armas nucleares de menor poder de fuego.

La Casa Blanca presentó el resultado como una “victoria total y completa”. Sin embargo, el propio vicepresidente JD Vance reconoció que la tregua es “frágil” e instó a los dirigentes iraníes a negociar de “buena fe” porque Trump “está impaciente por avanzar”. Esa impotencia disfrazada de impaciencia dice más que cualquier declaración triunfalista.

Al mismo tiempo, es difícil imaginar que Estados Unidos acepte parcial o totalmente los 10 puntos propuestos por Irán, dado que no implican volver al punto previo a la guerra, sino que incluyen el reconocimiento del programa nuclear, el levantamiento de sanciones y la compensación por los daños económicos ocasionados. 

Vale señalar, además, una grieta que el acuerdo no cierra: Israel anunció que el alto al fuego “no incluye al Líbano”, contradiciendo al mediador pakistaní, que había sostenido que el cese de hostilidades regía “en todas partes, incluido el Líbano”. El frente libanés sigue abierto y con él la inestabilidad estructural del acuerdo.

Victoria parcial iraní

A pesar de la abrumadora superioridad aérea norteamericana e israelí, ni Estados Unidos ni Israel lograron su objetivo central: el cambio de régimen en Teherán. Es verdad que le infligieron a la República Islámica un daño enorme en su estructura política, militar y clerical, con una decapitación sistemática de líderes que comenzó por el gran ayatollah Jamenei. Pero el régimen resistió.

El Mosad convenció a su gobierno y a Washington de que, eliminando a los principales líderes iraníes, sería posible encender revueltas internas que hagan implosionar la República Islámica. Ese cálculo fracasó. Tampoco pudieron arrastrar a los kurdos al conflicto. El régimen estaba preparado para absorber golpes duros y subestimaron las reservas patrióticas y antiimperialistas del pueblo iraní. La respuesta de éste ante las amenazas de Trump no fue el pánico sino de resistencia: en las horas decisivas de la escalada previa al acuerdo, multitudes de ciudadanos “abrazaron” la infraestructura civil, energética y los sitios históricos. Al convertirse en escudos humanos voluntarios y masivos, el pueblo iraní envió un mensaje contundente: la destrucción de su país requeriría un genocidio intolerable.

Por su parte, Israel demostró un nivel de infiltración y seguimiento de la jerarquía iraní sorprendente. Arrojó miles de bombas sobre ciudades iraníes y arrasó pueblos y asentamientos del sur del Líbano para construir una zona de “seguridad”. Pero se encontró con la resistencia del gobierno y del pueblo de Irán, de las milicias chiítas iraquíes y del Hezbolá libanés, que golpearon sistemáticamente territorio israelí y bases norteamericanas. El éxito y la precisión de estos contragolpes con misiles balísticos desnudaron otra realidad ineludible: Teherán no peleó a ciegas.

La capacidad iraní para perforar el promocionado escudo antimisiles de Israel y Estados Unidos evidenció un silencioso pero decisivo apoyo de inteligencia y cobertura satelital por parte de Rusia y China. Al proveer los “ojos” tecnológicos necesarios para calibrar los ataques a bases militares, Moscú y Beijing cruzaron una línea al demostrar que no permitirían el colapso militar de su principal socio regional. A eso se sumó la entrada en combate de los hutíes de Yemen, que lanzaron sus primeros ataques con misiles hacia Israel citando los crímenes cometidos contra civiles en Irán y el Líbano, y que mantienen sobre la mesa la amenaza de bloquear el estrecho de Bab el-Mandeb.

El cese temporal de ataques es una victoria parcial de Irán. Ni Estados Unidos ni Israel lograron los principales objetivos planteados al inicio de la guerra. No hubo cambio de régimen, no se anuló completamente la capacidad militar iraní ni la de sus grupos aliados del Eje de la Resistencia y tampoco lograron destruir o tomar el uranio enriquecido.

Trump en el pantano de Ormuz

Con la prolongación del conflicto, producto de la desacertada visión de una caída rápida del gobierno iraní, y la táctica iraní de atacar los buques petroleros vinculados a Estados Unidos, Israel y sus aliados regionales, se desencadenó una crisis energética mundial que llevó el precio del barril Brent a rozar los 120 dólares, con el fantasma de una recesión global sobrevolando los mercados. 

Paradójicamente, esta escalada operó como un salvavidas para el principal adversario militar de la OTAN. El bloqueo del estrecho no solo estranguló a los aliados de Washington, sino que convirtió a Rusia en el gran beneficiario silencioso del conflicto, inyectando decenas de millones de dólares diarios extra a la economía de Moscú gracias al precio del crudo.

Por el estrecho de Ormuz transita diariamente alrededor del 20% del petróleo mundial, destinado principalmente a países asiáticos. El cierre del estrecho, sumado a los ataques iraníes a infraestructura energética de Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos, Kuwait, Bahrein y otros aliados regionales, y a la amenaza hutí sobre el estrecho de Bab el-Mandeb, fue generando una presión creciente sobre Trump e Israel para, al menos, pausar el conflicto. El Consejo de Seguridad de la ONU intentó aprobar una resolución contra Irán sobre el estrecho de Ormuz, pero fue bloqueada por los vetos de Rusia y China.

Trump está presionado, además, por tres frentes simultáneos. En julio comienza el Mundial de Fútbol y teme que se convierta en una caja de resonancia global contra su política. En noviembre tiene las elecciones de medio término, en las que necesita hacer un papel digno si pretende mantener el poder y, eventualmente, forzar la posibilidad de un nuevo mandato, una cuestión que aún pende de la Corte Suprema, dado el debate constitucional abierto sobre los límites al número de períodos presidenciales en su caso particular. 

Pero sobre todo tiene pendiente una importantísima reunión bilateral con Xi Jinping, como continuidad de las negociaciones del año pasado en Busan, que ya debió ser postergada a causa de la guerra. Todos estos factores empantanaron al imperialismo yanqui en Irán y lo obligaron a ceder, al menos momentáneamente, en sus objetivos en Medio Oriente.

El objetivo de Trump y el ataque a intereses chinos

Como advertimos al inicio del conflicto, las ofensivas sobre Irán exponen una convergencia táctica con divergencias estratégicas entre Estados Unidos e Israel. Para la administración de Donald Trump, amparada en su nueva doctrina de seguridad nacional, el objetivo principal era forzar un cambio de régimen en Teherán

Esto no responde a una dinámica regional, sino que se enmarca en la disputa por la hegemonía mundial. Washington busca desarticular la arquitectura de cooperación euroasiática, quebrando los pactos que sostienen a Irán como pilar de Rusia, mediante el Corredor Norte-Sur, y principalmente de China, primer comprador de su petróleo. El fin último es establecer un “cerco estratégico terrestre” sobre Beijing y controlar el dominio de las rutas energéticas de Medio Oriente.

La centralidad del país persa en la Iniciativa de la Franja y la Ruta explica la rápida internacionalización de la crisis. Cuando Israel atacó Kashan y afectó el corredor ferroviario Xinjiang-Irán, la gran alternativa terrestre china para esquivar el estrecho de Ormuz y el de Malaca, Beijing abandonó su aparente neutralidad. El canciller Wang Yi desplegó una fuerte presión diplomática para imponer un alto el fuego y advirtió que la destrucción de activos chinos en suelo iraní haría naufragar la cumbre Trump-Xi. Esta presión oriental sobre Washington, sumada a sus gestiones para que Teherán mostrara flexibilidad, resultó un factor decisivo.

Por su parte, el gobierno israelí operó bajo una lógica diferente. Aprovechó el momento de vulnerabilidad de Irán y su Eje de la Resistencia para acelerar su propia agenda de ocupación y anexión territorial y su posicionamiento como principal potencia regional. Por eso, al no haber alcanzado esos objetivos, ahora busca hacer naufragar el acuerdo.

Una pausa que no disipa la tormenta

El precario e inestable alto al fuego representa una victoria parcial de Irán: logró la supervivencia del régimen político, un salto en la cohesión popular ante la agresión extranjera y un fortalecimiento regional expresado en la simpatía de los pueblos árabes y en la demostración de que el Eje de la Resistencia, compuesto por Hezbolá, los hutíes y las milicias aliadas en Irak, conserva capacidad de combate y voluntad de pelea.

Este triunfo parcial y precario tiene una dimensión que trasciende a Irán. Demuestra que es posible enfrentarse, en condiciones completamente asimétricas, a la prepotencia trumpista, explotar las contradicciones entre las grandes potencias y sostenerse sobre la base de la propia decisión y fuerza nacional.

Trump no logró, al menos por ahora, imponer el cambio de régimen ni alterar la correlación de fuerzas regional con la mirada puesta en la disputa con China. Pero esto no significa que Estados Unidos vaya a abandonar ese objetivo en el corto o mediano plazo. Los próximos días dirán si esta pausa deriva en un acuerdo de paz o si es apenas un intervalo antes de una nueva escalada.

Lo que sí puede afirmarse es que no amainan las tormentosas contradicciones interimperialistas, particularmente entre Estados Unidos y China, que son la base de esta agresión a Irán. El mundo transita una espiral peligrosa para la humanidad.

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