La escalada bélica de Estados Unidos e Israel contra Irán es un nuevo capítulo de las agresiones contra pueblos y naciones del mundo que no aceptan mansamente la hegemonía global norteamericana. En un escenario internacional marcado por la confrontación entre Washington y Pekín y las resistencias a las agresiones imperialistas, la guerra en Medio Oriente amenaza con extenderse a toda la región.
La guerra en curso, desatada por el ataque unilateral de Israel y Estados Unidos contra la República Islámica de Irán, no es un rayo en un cielo sereno. Forma parte de la creciente tormenta con la que el presidente norteamericano Donald Trump amenaza al mundo si no se acepta el papel del imperialismo yanqui como principal superpotencia política, militar y económica, un rol cada vez más cuestionado por el ascenso de China como potencia socialimperialista.
Con la excusa de desmantelar el programa nuclear iraní, supuestamente destruido en la “guerra de los 12 días” del año pasado, el Ejército estadounidense y las Fuerzas de “Defensa” de Israel lanzaron las operaciones “Furia Épica” y “Rugido del León”.
Desde las primeras horas del 28 de febrero comenzaron una intensa campaña de bombardeos sobre bases militares, edificios gubernamentales y residencias de dirigentes del régimen iraní en Teherán, Isfahán y otras ciudades. Los ataques mataron al líder supremo, el Gran Ayatolá Alí Jameneí, junto con parte importante de la jerarquía política y militar iraní. También se han denunciado ataques contra civiles, como el bombardeo de una escuela en la provincia de Hormozgán que habría provocado la muerte de 85 niñas.

¿Por qué Trump ataca a Irán?
El objetivo declarado de la ofensiva es provocar un “cambio de régimen” en Teherán mediante la eliminación de la cúpula dirigente de la República Islámica y el terror infundido en la población por los persistentes ataques. En un momento en el que aceleradamente se intensifica la disputa interimperialista, Washington busca golpear a uno de los aliados estratégicos de sus principales rivales y quebrar los lazos energéticos, comerciales y militares que Irán mantiene con China y Rusia.
Uno de los elementos centrales de esa relación es el acuerdo estratégico a 25 años firmado en 2021 entre Teherán y Pekín, mediante el cual China se convirtió en el principal comprador del petróleo iraní. Actualmente absorbe más del 80% de sus exportaciones, con un volumen cercano a 1,4 millones de barriles diarios, una parte significativa del abastecimiento energético de la industria china.
A esta relación con China se suma el vínculo estratégico que Teherán ha consolidado en los últimos años con Moscú, mediante el Tratado de Asociación Estratégica Integral que incluye cooperación militar, el desarrollo de drones y la expansión del Corredor Internacional de Transporte Norte-Sur, una red logística que conecta Rusia con el Golfo Pérsico y el Océano Índico permitiendo a Vladimir Putin reducir su dependencia de las rutas comerciales controladas por Occidente.

Para Estados Unidos debilitar -y si es posible alinear- a Irán significaría asestar un golpe a esa arquitectura de cooperación y avanzar en la pelea por el control de las rutas energéticas de Medio Oriente. De conseguir un gobierno iraní afín, contribuiría al avance de un “cerco estratégico terrestre”, en la periferia asiática de China, que se podría sumar al collar de bases navales en el indo-pacífico.
La política exterior de Donald Trump ha profundizado la confrontación con China. En ese marco, Washington ha redefinido algunas de sus prioridades estratégicas, presionando a sus aliados europeos para que aumenten su gasto militar mientras concentra crecientemente su atención en Medio Oriente, América Latina y el Indo-Pacífico, regiones donde considera que se juega la disputa central por la hegemonía mundial.
Esta ofensiva militar también se vincula con la nueva doctrina de seguridad nacional presentada al alto mando estadounidense en la cumbre de Quantico en octubre pasado. Desde su puesta en práctica, Washington no ha dudado en utilizar su poderío militar para aprovechar las “ventanas de oportunidad” y golpear gobiernos, naciones y pueblos que no se le someten. Antes de esta agresión a Irán, tuvo lugar el ataque a Venezuela y el secuestro ilegal de su presidente Maduro.
Rusia continúa empantanada en su invasión a Ucrania, mientras China intenta ganar tiempo para fortalecer su economía y su poder militar. Esa cautela se expresó recientemente en la frágil tregua comercial alcanzada en la cumbre de Busán del pasado 30 de octubre.
Pekín y Moscú han evitado cualquier intervención militar directa y se limitan, por ahora como en el caso de Venezuela, a condenar diplomáticamente la ofensiva estadounidense e israelí. Ambos países han actuado de manera coordinada en el Consejo de Seguridad de la ONU para bloquear resoluciones que responsabilizan a Irán por la escalada, pero al mismo tiempo parecen decididos a evitar una confrontación directa con Washington en esta etapa del conflicto.

Netanyahu y el debilitamiento del ‘Eje de la Resistencia”
Para comprender las razones del ataque también es necesario observar la situación regional de Medio Oriente, dado que los intereses de Washington y Tel Aviv convergen, pero no son idénticos. Para el cuestionado primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, la escalada regional y el asesinato de la cúpula iraní funcionan como un intento de recomponer su posición interna frente al repudio por la guerra en Gaza y la creciente denuncia de genocidio sobre la población palestina.
El momento elegido para el ataque también está relacionado con la debilidad del llamado “Eje de la Resistencia” regional encabezado por Irán, que en los últimos años ha sufrido golpes significativos. Entre ellos se encuentra la llamada “Guerra de los Doce Días” de julio de 2025 que golpeó duramente a Irán, Israel ha ido descabezando la estructura de Hezbollah en el Líbano, se produjo el colapso del gobierno aliado de Bashar al-Assad en Siria y ha habido severos reveses militares sufridos por los hutíes en Yemen.
La ofensiva también se produce luego de las masivas protestas populares que sacudieron a Irán entre diciembre y febrero pasados y que fueron duramente reprimidas por el gobierno de los Ayatolás, lo que probablemente alimentó la percepción en Washington y Tel Aviv de que el régimen iraní atravesaba un momento de vulnerabilidad.

El bloqueo de Ormuz y la respuesta de Teherán
Es posible que Washington haya sobreestimado la situación del gobierno iraní y la posibilidad de colapso tras el impacto inicial de los bombardeos y el asesinato del líder supremo, el ayatolá Alí Jameneí, junto con parte del alto mando militar.
A pesar de la magnitud del golpe recibido, una parte significativa de la población iraní ha salido a repudiar la agresión extranjera, alterando los cálculos iniciales de Trump. Las masivas concentraciones realizadas en múltiples ciudades durante los funerales de Jameneí reflejan ese clima de movilización nacional frente al ataque externo.

El conflicto también ha puesto en evidencia las profundas divisiones políticas del mundo árabe y de otros países de Asia. Mientras algunas monarquías del Golfo, como Arabia Saudita y Emiratos Árabes Unidos, facilitan el uso de su espacio aéreo o mantienen un silencio diplomático favorable a Washington y Tel Aviv, otras potencias regionales intentan maniobrar con cautela. Turquía ha condenado discursivamente la ofensiva israelí, mientras el gobierno indio intenta equilibrar su estrecha relación con Estados Unidos e Israel con la necesidad de mantener el acceso al petróleo de países sancionados por Occidente.
Como respuesta a la agresión, Irán anunció el cierre del estrecho de Ormuz, por donde transita cerca del 20% del comercio mundial de petróleo transportado por mar. Está por verse el impacto en la economía global de esta medida.

Al mismo tiempo, la Guardia Revolucionaria Islámica ha lanzado oleadas de misiles y drones contra territorio israelí. Algunos de estos ataques han logrado atravesar el sistema antimisiles israelí y alcanzar objetivos en Tel Aviv y otras ciudades. Al menos 9 ciudadanos israelíes han muerto como consecuencia.
Simultáneamente, Irán ha atacado bases militares estadounidenses en varios países de Medio Oriente, incluyendo Bahréin, Qatar, Abu Dabi, Kuwait, Jordania y Siria. El Comando Central de Estados Unidos ha reconocido que al menos cuatro soldados estadounidenses murieron y otros cinco resultaron gravemente heridos en esos ataques. Se ha informado que tres F15 norteamericanos han sido derribados, aunque hay indicios de “fuego amigo”.
Desde el “eje de la resistencia” ha habido respuesta también. Si bien el grupo islamista Hamas se ha limitado hasta ahora a condenar la agresión, Hezbollah ha lanzado en las últimas horas misiles hacia el norte de Israel, marcando su ingreso en el conflicto y ampliando su dimensión regional.
Aunque el poder militar real de estas organizaciones sigue siendo incierto tras los golpes recibidos en los últimos años, su participación obliga a Israel a dispersar parte de sus recursos defensivos en varios frentes simultáneos.
En Irak y Pakistán, países que comparten frontera con Irán, también se han registrado importantes manifestaciones contra Estados Unidos, algunas de las cuales atacaron sedes diplomáticas norteamericanas. En Bahréin incluso se registraron celebraciones populares tras el impacto de misiles iraníes contra bases estadounidenses instaladas en el país.
Habrá que seguir con atención la evolución de estas movilizaciones en una región donde el sentimiento antinorteamericano y antiisraelí se ha acumulado durante décadas de guerras, intervenciones militares y ocupaciones.

Un conflicto en desarrollo
El ataque contra la República Islámica de Irán constituye un nuevo y peligroso capítulo de la política guerrerista norteamericana contra pueblos y naciones que no se le someten, en el marco de su disputa por la hegemonía mundial. Es decir, se combinan dos dimensiones del conflicto, por un lado la agresión contra una nación que no se somete y, por otro, el impacto de esa ofensiva en la disputa entre los grandes vértices de poder del sistema internacional.
Frente al ascenso de la China socialimperialista de Xi Jinping y sus mandarines, el imperialismo estadounidense recurre nuevamente a su enorme poder militar para intentar sostener su predominio global y asegurarse el control sobre regiones estratégicas como Medio Oriente, claves para el abastecimiento energético y las rutas comerciales del sistema internacional.
Pero la guerra abierta contra Irán también abre un escenario cargado de incertidumbre. El conflicto podría derivar en una escalada regional más amplia. Inglaterra y Francia han anunciado que evalúan sumarse a la guerra y ya se han reportado ataques iraníes sobre bases británicas.
En un mundo atravesado por crecientes tensiones entre las grandes potencias y por la multiplicación de guerras regionales, Medio Oriente vuelve a convertirse en uno de los principales epicentros de la tormenta trumpista.

Periodista egresado de TEA.
Rosarino.
Hincha y socio de Newell´s.
Militante del PCR.








